En la comunidad de Xhazil Sur, en el municipio de Felipe Carrillo Puerto, un grupo de mujeres mayas está recuperando una práctica que durante años permaneció en el entorno familiar: el urdido de hamacas. La iniciativa no solo busca mantener viva una técnica heredada de sus antepasadas, sino también convertirla en una alternativa de ingreso para las familias y en un espacio de organización comunitaria.
El proyecto surgió por impulso de las propias habitantes, quienes formaron el colectivo Múuch’ wak’ k’áan con la intención de preservar este conocimiento y compartirlo con nuevas generaciones. De acuerdo con la información disponible, el grupo comenzó con 20 integrantes y actualmente reúne a 48 mujeres que participan de manera directa en las actividades que se realizan en el Centro Comunitario de Xhazil Sur.
Capacitación para recuperar un saber tradicional
Para fortalecer el aprendizaje, las integrantes buscaron apoyo de personas con experiencia en esta labor artesanal. Entre ellas destaca Ramona Puc, reconocida como maestra en el urdido de hamacas, quien compartió sus técnicas con el colectivo. Ese acompañamiento permitió que las participantes perfeccionaran distintas formas de elaboración y que más mujeres se sumaran al esfuerzo colectivo.
Brenda Tun Poot, representante de la agrupación, explicó que hoy las artesanas producen sus propias hamacas y las venden principalmente en el mercado local. En algunos casos, también reciben pedidos de visitantes que llegan a la comunidad. Sin embargo, el principal reto sigue siendo consolidar un mercado estable que les permita vender de manera constante.
Apoyos institucionales y continuidad del proyecto
Con el crecimiento del grupo, el proyecto recibió respaldo del gobierno municipal, que asignó a una maestra especializada para continuar con la formación de las participantes. Más adelante, las mujeres gestionaron apoyo ante el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas (INPI), a través del cual obtuvieron bastidores y materiales para seguir trabajando.
Aunque esa etapa de apoyo institucional concluyó, las integrantes decidieron mantenerse organizadas y continuar por su cuenta. La experiencia, señalan, les permitió consolidar habilidades, ampliar la participación de más mujeres y reforzar la idea de que la tradición puede convertirse también en una herramienta de desarrollo local.
Un espacio comunitario recuperado
El sitio donde hoy trabajan también forma parte de esta historia. Se trata de un antiguo comedor comunitario que estuvo abandonado y después fue recuperado para desarrollar distintas actividades. En ese inmueble operó una pequeña escuela de saberes orientada a enseñar agroecología a niñas y niños de la localidad, y con el tiempo se transformó en el centro comunitario que ahora sirve como punto de encuentro para el colectivo.
A tres años de haber iniciado, las mujeres de Xhazil Sur mantienen el esfuerzo de manera independiente. Algunas ya dominan distintas técnicas de urdido y participan activamente en la elaboración de las piezas, mientras el grupo busca ampliar sus canales de comercialización.
Más allá de la venta, el proyecto representa para ellas una manera de preservar la identidad maya, fortalecer la organización entre mujeres y generar oportunidades económicas sin salir de la comunidad. El desafío pendiente es encontrar compradores constantes que ayuden a convertir esta tradición en una fuente de ingresos más estable para las familias participantes.
Conclusión
La experiencia de Xhazil Sur muestra cómo una práctica artesanal puede convertirse en una estrategia de preservación cultural y organización económica, siempre que exista continuidad en la capacitación y oportunidades reales de comercialización.

